La huella del visitante

Roland Barthes expresó hace tiempo que para alcanzar la interpretación de un texto no bastaba con la intención del autor al escribirlo. El filósofo, ensayista y semiólogo francés, pensaba que la plenitud de significados de la obra literaria solo podría crearse a través del proceso de análisis textual realizado por el lector.

Hago mía su reflexión y la extrapolo también a otros ámbitos, de manera que defiendo que los fenómenos artísticos —incluso los tecnológicos— no llegan al espectador clausurados de significados, sino que estos se crean, modifican o completan en la recepción que de ellos hacen los contempladores.

Dicho así, sobraría este mismo escrito y bastaría con invitarte a una de las dos citas en las que presentaré mi proyecto expositivo; pero, de alguna manera, siento como si estuviera citando a unos amigos a emprender un viaje sin destino prefijado y con los que, sin embargo, tendría que concretar una fecha y un punto de partida y, por supuesto, convenir el medio de transporte.

Este texto no es más que el relato de un punto de encuentro y un vehículo para ese itinerario que, deseo, propicie «La huella del visitante».

 

Tres capas

Este proyecto propone, al menos, tres etapas o, mejor, tres capas de significación. Si en el momento de leer esto ya visitaste la exposición, estas podrían no corresponder con las que tú percibiste, pero si en alguna manera te pareció interesante, quizás te gustará conocer la idea inicial, al igual que a mí me interesará mucho saber todo aquello que te pudo sugerir.

Una primera capa, la primera parada del viaje, es obvia: una exposición de arte formalista, cuarenta fotografías tomadas con un dispositivo móvil —un teléfono inteligente— y filtradas en el mismo momento de ser publicadas en la red social Instagram. Se presentan ligadas a un bloque compacto y vitrificado que aporta rigidez y hace innecesario el uso de otro tipo de soporte o marco. Podemos apreciar —dadas las limitaciones técnicas del autor, la herramienta y el medio— el color de las imágenes, su composición y las posibles historias que en cada una de ellas se insinúan.

Más adelante —en ese tiempo ambiguo en el que transcurre nuestra percepción— aparecería una segunda capa, la que nace de las pequeñas teselas autoadhesivas de efecto espejo que los visitantes, exhortados por las instrucciones de la sala, deben pegar sobre diez de las imágenes que hayan valorado como más interesantes de entre las expuestas. En este momento, podrían aflorar en el espectador dos cuestiones: la que tiene relación con el cuidado del procomún, es decir, ¿es necesario para experimentar la belleza —aquí podemos cambiar imagen por paisaje, medio ambiente o territorio— mancillarla, dañarla y cubrirla con nuestra actividad, borrando su esencia y evitando así su contemplación por futuros visitantes? ¿Será que buscamos con cada una de nuestras acciones, decisiones y elecciones nada más que a nosotros mismos, reflejados en las teselas de espejo que ahora cubren las obras y muestran nuestro rostro constantemente?

Por otro lado, podría haberse provocado en el espectador cierta tensión entre lo legítimo y lo legal. Un cartel en la sala y un texto en las invitaciones indican claramente que, para disfrutar la visita, el visitante debe colocar sobre las obras esos cuadrado adhesivos, ¿pero deben seguirse siempre las órdenes de la autoridad (en este caso, la dirección del espacio de exposiciones) aunque vayan en contra de mi criterio y del sentido común?

Una tercera capa de significación surge gracias a la interacción del público, que convierte una exposición de arte formalista en una instalación de arte conceptual. Poco a poco, las obras habrán ido cambiando y no ha sido el artista el autor material de la transformación, sino el conjunto de espectadores, conscientes o no del giro que su intervención ha propiciado en la exposición. El visitante consciente y activo se habrá convertido en coautor de la obra mientras, a su vez, el artista habrá pasado a ser un contemplador más de su mutación.

La huella del visitante from Lorite Fonta on Vimeo.

 

Caminos paralelos

Hay pues dos caminos en este viaje que discurren paralelos: uno, material, el que va desde las cuarenta fotografías de distintos referentes más o menos figurativos hasta una serie de bloques cubiertos en menor o mayor medida por pequeños cuadrados de espejo que pujan por ocultar lo representado, reflejando todos ellos una única imagen, la del espectador que se sitúe frente a ellos.

Y otro conceptual, que atraviesa distintos campos de significación y aflora reflexiones transversales a los ámbitos de lo social, lo económico y lo plástico. Un camino que intenta convertir en objeto artístico la intervención material del espectador, cruzando escenarios y tiempos que casi siempre se encuentran separados, el de la creación de la obra artística en el estudio del artista y el de su recepción por parte del público en la sala de exposiciones o museo.

Un intento, en fin, de dejar a un lado el carácter neutral del espacio expositivo, convertido en protagonista de la reformulación de la obra mostrada.

 

«La huella del visitante» pudo visitarse del 4 al 21 de abril de 2017 en el Centro Cultural Julio Cortázar y del 2 al 29 de septiembre de 2017 en el Centro Cultural Alfredo Kraus, ambos en Madrid. Puedes recorrerla escuchando esta playlist de Spotify.

 

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