Las editoriales ante la escuela del futuro

Todas las escuelas, las del pasado, las nuestras de hoy y las del futuro comparten unos mismos objetivos, aquellos que el pedagogo Ángel Pérez Gómez resume así: propiciar el desarrollo de individuos cultos, solidarios y autónomos. El sector editorial enfocado en contenidos educativos, comprometido en lograr este empeño con tanta eficacia como rentabilidad, se haya inmerso en el proceso de una Transformación Digital en la que, hasta ahora, parece dominar el aspecto tecnológico.

Es lógico y muy atractivo imaginar la escuela como aquel espacio de aprendizaje donde se pondrán en práctica metodologías educativas disruptivas o se usarán intensivamente tecnologías como la impresión 3D, la realidad aumentada o la programación de las cosas. También es cierto que estas y otras tecnologías y metodologías funcionan como eficaces puentes entre la información y la experiencia para lograr la adquisición de conocimiento, pero pensar sobre la escuela futura anima a ir más allá de un horizonte próximo y traspasar la frontera de lo previsible.

Tuve el placer de recordar hace poco, en una conversación con el catedrático Antonio Rodríguez de las Heras, una preciosa metáfora entre las de su Metáforas de la sociedad digital: cuando escuchamos un antiguo disco de pizarra amplificado con la moderna tecnología de hoy, no hacemos más que sacar a la luz sus defectos y así, el uso de la tecnología sobre la educación, si esta está basada en patrones culturales que ya no pertenecen a la sociedad informacional, amplificaría sus errores y carencias. Esto en sí mismo no debe tomarse como algo negativo, así lo piensa una persona tan constructiva como él, si de una manera u otra muestra que lo importante es cambiar el disco.

La primera herramienta para empezar a cambiar las cosas es imaginar. Imaginar no es soñar, es construir y es un ejercicio intelectual tan arriesgado como necesario. Necesitamos crear visiones de mayor significación que relancen todo aquello que hacemos en el presente hacia un futuro retador y cambiante. Probemos.

¿Cómo y dónde construiremos esta nueva escuela?

Un espacio para el aprendizaje totalmente integrado en la sociedad red pasaría por no tener paredes y desarrollarse en todas partes, apareciendo allí donde el educando se haga presente y no al revés; es decir, tendría un carácter ubicuo. Esto no significa una existencia desmaterializada: una escuela sin paredes hace referencia a una escuela que se imbrica con el territorio físico de formas muy variadas, adaptándose a todos los escenarios y situaciones, teniendo siempre al individuo como centro.

Tener el foco en las personas va más allá de describir procesos que tengan en cuenta las diferentes potencialidades cognitivas del que se educa, va más allá incluso de posibilitar itinerarios de aprendizaje personalizados gestionados por los sistemas cognitivos de inteligencia artificial al servicio del learning analytics. La ultrapersonalización implica que el individuo va a empoderarse de su educación hasta el punto de aglutinar y concentrar en él todas las capas que en la escuela antes se superponían por medio de distintos agentes, espacios y programas de enunciados. Significa que la escuela no sólo tendrá sentido en la etapa de la infancia y juventud, sino que romperá con los grupos etarios y servirá de soporte, educador primero y formador después, acompañándonos el resto de nuestra vida.

¿Qué fluirá por ella?

Tenemos una escuela que ha dejado de ser espacio para convertirse en flujo de interacción por el que se canalizarán una delgada capa de contenidos y, sin embargo, un gran caudal de competencias y habilidades. ¿Por qué? Porque la escuela va a educar a personas que entiendan, asuman y lideren una realidad digitalmente —si no ya cuánticamente— transformada, personas que sean competentes y capaces para planificar estrategias que respondan a las necesidades de un mundo líquido así como para implantar aquellos procedimientos que las lleven a cabo.

Organización

Las escuelas de los distintos tiempos han venido condicionadas por las estructuras de poder y la tecnología imperante, sobre todo, aquella que mediaba en la transmisión del conocimiento. A la fuerza, la del futuro va a participar de las estructuras de las organizaciones empresariales y sociales, y si estas tienden aceleradamente hacia modelos organizacionales holárquicos y redárquicos, ¿cómo podría verse afectada? Podemos imaginar que, en un entorno de aprendizaje entre pares, la persona del docente dejará paso al rol del docente; es decir, profesor será aquel rol que asuma cualquier individuo que genere contextos y clímax, que provoque y guíe actividades o realice diseño instruccional, en definitiva, aquel que se convierta en catalizador del aprendizaje.

Además, una realidad futura que se intuye radicalmente cambiante y, por tanto, proclive a demandar soluciones eficaces y urgentes, va a propiciar que quien se eduque aprenda haciendo —prototipando, testando, fallando, acertando y prototipando de nuevo— y que la actividad educativa se convierta toda ella en un laboratorio permanente donde poner a prueba la coopetición sobre el terreno de los problemas reales.

Podemos seguir describiendo a la escuela del futuro con más palabras y algún deseo: lúdica, desmediatizada por fin, convergente mediáticamente, basada en una u otra taxonomía educativa y, por supuesto, gratuita y universal; pero acabemos hablando de quien, hasta hace poco, ha sido un eficiente transmisor de conocimiento.

¿Cómo pueden situarse en este posible escenario futuro las editoriales tradicionalmente ligadas a la creación de contenidos educativos?

En un primer momento, desligando sus objetivos estratégicos de la creación y gestión de contenidos para pasar a ofrecer herramientas y canales que soporten la actividad creadora, evaluadora y social de los roles de educadores y educandos.

En un segundo momento, aportando experiencia y valor a los nuevos agentes que se involucrarán en la educación: empresas de desarrollo tecnológico, prospectores de talento, comunidades de empoderamiento ciudadano o un futuro gobierno mundial.

Pero desde ya mismo, las editoriales pueden desarrollar una labor evangelizadora del modelo de escuela futuro en el que ellas crean, desarrollando observatorios, tanques de pensamiento, publicaciones y eventos que vayan haciendo realidad aquello que con tanta necesidad imaginamos: una escuela que siga propiciando el desarrollo de individuos cultos, solidarios y autónomos.

 

La fotografía del principio

Cuando le pedí a mi amigo y fotógrafo Elías Martínez Hernández que me dejara utilizar una de sus fotografías para este texto, me ofreció toda una galería repleta de buenas imágenes. Buscaba manos de distintos niños entretenidos en tareas colaborativas, quizás jugando mientras construían una cabaña o garabateaban en un gran mural blanco con pinturas de colores. Pero apareció este Niño saltando y ya no tuve que buscar más; si algo debiera ser la escuela, la del presente y la del futuro, es una experiencia a la que resulte imposible resistirse, un charco de agua en el que meterse de lleno.

 

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